Un grupo de enanos, sentados en torno
a una maciza mesa de roble en una esquina de la taberna, abandona por un
momento su animado juego de cartas para ojearte cuando entras por la puerta.
Les devuelves la mirada, con cierto ademán amenazador. No estás aquí por ellos.
Pronto se olvidan de ti y regresan a sus apuestas a voz en grito, a sus enormes
jarras de cerveza y a sus discusiones en su propia lengua. Tú pasas de largo,
cruzando la sala hasta el extremo contrario, donde te espera una figura agachada
sobre otra mesa.
Aquí, apartado del brillo anaranjado
de las antorchas de pared que iluminan la mayor parte de la taberna, está
sentado un elfo de aspecto derrotado. No es como la mayoría de elfos que has
conocido. Su pelo es largo y ceniciento. Sus ojos oscuros, aún más marcados por
las profundas ojeras que luce, son como dos pozos negros en su piel verde
pálida. Piensas que parece muy enfermo o, al menos, muy cansado.
—¿Tienes lo que te pedí? —gruñe por
lo bajo, con una voz rota y rasposa.
—Ya sabes el trato —respondes—. Solo con
pago por adelantado, Sylverleaf.
El elfo vuelve a gruñir. Introduce
una mano huesuda entre los harapos que son su vestimenta, y extrae una pequeña
bolsita que te lanza sobre la mesa. La coges y rápidamente, sin que a nadie en
la taberna le dé tiempo a curiosear, recuentas las monedas de oro.
—Está bien —dices al fin—, aquí
tienes.
Tú también revelas el pequeño saco
que portas y lo dejas sobre la mesa. A través de las costuras de la tela se
cuela una luz clara y amarilla. Impaciente, el elfo coge la bolsa entre sus
manos y extrae el contenido: una roca irregular, de bordes afilados, resplandeciente
como si tuviera un diminuto sol atrapado en su interior. Con manos temblorosas,
saca un vial de líquido violeta de su cinturón. Sin esperar a que hagas
preguntas, lo vierte sobre la roca. El líquido se derrama por la mesa y cae al
suelo goteando. Esperas que la luz de la piedra se intensifique, que salten chispas
y humo y un círculo arcano se forme a vuestro alrededor. Te preparas para que toda
la taberna se gire hacia vosotros.
Pero no ocurre nada.
El elfo mira la piedra con confusión
y, después, enfado. Levanta la cabeza. Sus ojos negros parecen aún más profundos
ahora.
—¡Me has engañado! —grita, golpeando
la mesa con el puño. Tú no te amedrentas.
—Te he traído lo que querías. De la
propia cámara del Príncipe.
—¡Esto no es thaumatita!
Te levantas de la mesa, asegurándote
con un movimiento rápido de que has puesto tu pago en oro a buen recaudo.
—Lo siento. Tal vez, por algo más de
dinero, pueda serte de más ayuda en la próxima ocasión.
—¡No habrá próxima ocasión! —te
amenaza sacando otro vial, de color burdeos, y amenazándote con arrojarlo hacia
ti.
—¡Vosotros dos! —os detiene el patrón
desde la barra—. No queréis que llame a los guardias.
El elfo te gruñe una vez más. Guarda
el vial de nuevo en su cinturón y se marcha con pasos pesados, mirándote de
soslayo al dejarte atrás.
* * *
Sylverleaf se echa dolorido en su
jergón. La habitación es pequeña, oscura y maloliente. Lo único que puede
permitirse con sus escasos fondos, y además por poco tiempo. Si esta búsqueda
infructuosa se prolonga, se verá obligado a abandonar la posada y vivir en la
calle, de la basura y las migajas de otros. ¿Cómo ha acabado así? Él, un elfo
de Nummail. La vida era simple, si no dulce, en el archipiélago. Aquí todo es
decadente, sórdido. El aire es más sucio; la tierra, menos fértil. Y la gente,
oh, la gente es mucho más tosca en este reino.
Apareció una mañana varado en una
playa de piedras negras, no lejos de la ciudad donde ahora sobrevive a duras
penas, sin recuerdo de su viaje y, peor aún, sin medio de regresar al hogar. No
comprende el mecanismo por el que llegó aquí, pero tampoco permite que el
pensamiento le atormente. Al fin y al cabo, de pequeño le enseñaron que la
naturaleza es caprichosa y la realidad está llena de fisuras. Lo que Sylverleaf
sí quiere saber, más que nada en el mundo, es por qué no ha muerto aún.
En las islas de Salui, su tierra
natal, la vida se rige por la magia de la thaumatita. El mineral está en las
rocas, los árboles y las personas. Es la savia que conduce la energía vital de
todo ser. Privado de la tierra mágica, debería haber muerto hace semanas. Sus huesos
se atrofian, la piel se reseca y, tarde o temprano, el corazón cesa su latido.
Haga lo que haga, durante sus horas de vigilia la idea se revuelve en su mente.
Por las noches, el dolor le mantiene despierto. Pero, contra todo pronóstico,
no muere. ¿Cómo, si le falta el sustento que tanto necesita su organismo? Debe
haber algo extraño en esta tierra. Una magia que él no conoce ha entrado en su
cuerpo, y está decidido a aprender sus secretos.
Vuelve a incorporarse de la incómoda
cama. Sus articulaciones crujen con el movimiento y el dolor de su espalda le
obliga a permanecer inmóvil unos segundos, recuperando la respiración. Al fin,
recoge su bolsa de cuero y sale por la puerta del pequeño cuarto; es hora de
hablar con su siguiente contacto. Mientras aprende a sobrevivir en este lugar
desconocido, seguirá buscando la thaumatita. Quizá encontrarla, aunque sea un
solo gramo, alivie su sufrimiento. Y, cuando lo haga, podrá descubrir la manera
de regresar a Nummail.
Ya sea con la magia vieja de su tierra,
o con los nuevos poderes de este reino, sabe en su interior que volverá al
lugar que le vio nacer.